
Los olivares tradicionales forman parte inseparable del paisaje mediterráneo, no sólo como testimonio de nuestra historia agrícola y cultural, sino también como espacios de gran riqueza ecológica. Lejos de ser simples campos de producción, estos ecosistemas acogen una asombrosa diversidad de especies de flora y fauna que encuentran refugio y alimento.
En un momento en que la agricultura intensiva y el cambio climático ponen en riesgo muchos hábitats naturales, los olivares gestionados de forma tradicional se convierten en aliados imprescindibles para la conservación de la biodiversidad y para el mantenimiento de un paisaje vivo y equilibrado.
Los olivares tradicionales son aquellos cultivos de olivo que se han mantenido con técnicas y estructuras de gestión propias de siglos atrás. Se caracterizan por la baja densidad de árboles, a menudo centenarios, plantados de forma irregular y con amplios espacios entre ellos que permiten el desarrollo de una rica cubierta vegetal. A diferencia de los sistemas intensivos o superintensivos, no dependen de un mecanizado extremo ni del uso masivo de productos químicos, sino que conservan prácticas agrícolas adaptadas al ritmo de la naturaleza.
En muchos casos, estos campos conservan elementos tradicionales como márgenes de piedra seca, caminos antiguos, bancales o pequeños charcos, que actúan como microhábitats para numerosas especies. Este mosaico agroecológico no sólo asegura una producción de aceite con identidad propia, sino que mantiene un patrimonio paisajístico, cultural y biológico de un valor incalculable.
Los árboles centenarios, con sus troncos huecos y cortezas rugosas, ofrecen refugio a pájaros insectívoros, murciélagos y pequeños mamíferos. Entre las ramas y hojas anidan especies como el mirlo, la curruca o el búho, mientras que en el suelo, gracias a la presencia de hierbas y arbustos espontáneos, prosperan polinizadores como abejas, mariposas y escarabajos.
La flora asociada a estos campos incluye plantas aromáticas y medicinales (como el romero, el tomillo o la salvia) que aportan recursos alimenticios constantes a la fauna. Además, los márgenes de piedra seca y los bancales sirven de refugio para reptiles como lagartijas y serpientes, así como para anfibios que se aprovechan de balsas temporarias.
También el suelo de los olivares tradicionales esconde una gran diversidad de hongos y microorganismos que mejoran la fertilidad y contribuyen al ciclo natural de nutrientes.
Los olivares tradicionales ofrecen múltiples servicios que van mucho más allá de la producción de aceite:
Una de las principales amenazas es el progresivo abandono de estos campos, fruto de la baja rentabilidad económica y del relevo generacional insuficiente. Sin la gestión humana que les ha moldeado durante siglos, muchos de estos espacios acaban degradándose o transformándose en matorrales y bosques secundarios, con la consiguiente pérdida de biodiversidad asociada.
Otro reto importante es la sustitución por sistemas intensivos o superintensivos, donde los olivos se plantan a gran densidad y se gestionan con un uso masivo de fertilizantes y pesticidas.
A todo esto se le suma el impacto del cambio climático, que acentúa la sequía y favorece la aparición de nuevas plagas y enfermedades. La pérdida de diversidad genética de las variedades locales de olivo representa también una amenaza, ya que limita la capacidad de adaptación del cultivo a futuros escenarios ambientales.
Desde la Asociación Biomediterrània trabajamos para proteger estos espacios, impulsar buenas prácticas agrícolas y sensibilizar a la sociedad sobre su valor ecológico y cultural.
Tú también puedes formar parte de este esfuerzo colectivo: colabora con nosotros, participa en las actividades de voluntariado, ayúdanos a difundir la importancia de los olivares o realiza una aportación para dar continuidad a nuestros proyectos. Cada gesto suma y contribuye a garantizar que estos paisajes sigan siendo un refugio de vida y un legado para las generaciones futuras.
Secretario de la Asociación Biomediterrània





